Las luces se encienden, la música comienza y las miradas se dirigen hacia la pasarela. Por un momento, el escenario parece exclusivo de las grandes capitales de la moda; de las marcas que tienen renombre y de un espacio donde el lujo predomina.  

Pero lejos de estos reflectores, aparece Cúcuta, una ciudad fronteriza de unos 800.000 habitantes, donde, al igual que en las industrias de la moda más imponentes, existen historias que se tejen todos los días alrededor del diseño, la confección y el talento local.

Aquí, el estilo da frutos entre talleres, academias de formación y emprendimientos. Florece a partir de la creatividad, el esfuerzo y la lucha de las personas que buscan posicionarse. Porque más allá de inspirarse en tendencias, Cúcuta también crea las suyas y las proyecta en cada marca que trata de impulsarse día a día y en cada vitrina que refleja las ganas de convertir la moda en una oportunidad de crecimiento, identidad, sustento y expresión para quienes hacen parte de este mundo colorido y lleno de textura.

El público, sin embargo, es solo una cara de todo este proceso. Detrás de cada prenda hay decisiones, cambios y adaptaciones que no son visibles ante los espectadores. La moda en la ciudad no se queda al terminar la pasarela ni en la idea inicial: se transforma continuamente.