La industria textil no solo confecciona ropa; también construye historias de esfuerzo, adaptación y resistencia.
La primera puntada no se ve. Queda por dentro, sosteniendo todo sin ser nombrada. Esa es, quizás, la mejor manera de entrar en la llamada “ciudad maquila”. No solo como una etiqueta, sino como un territorio donde la producción se fragmenta, se oculta y se reparte entre talleres satélite, pequeñas unidades productivas y espacios domésticos convertidos en fábricas silenciosas. En Cúcuta, hablar de confección es hablar de supervivencia y de una economía que se mueve bajo la presión del pedido, el precio y la necesidad de seguir produciendo.
El costo de llamarse maquila
En medio de este panorama aparece Freddy Vargas, presidente de Corpomoda, con una advertencia incómoda. Convertir a Cúcuta en una verdadera ciudad maquila puede atraer empleo, pero también representar riesgos para la industria local.
Su mirada no niega la existencia del modelo; más bien cuestiona sus consecuencias. Según explica, mientras más marcas grandes y externas llegan al territorio, la balanza puede inclinarse a favor de empresas con mayor poder económico, dejando en desventaja a los emprendimientos nacientes de la ciudad.
La maquila, entonces, no sería únicamente un motivo de orgullo, sino también una puerta hacia una nueva dependencia económica.
Freddy expone además una cifra que revela la dimensión oculta del sector. Alrededor de 12.000 unidades productivas frente a unas 2.500 empresas registradas formalmente. Esto implicaría que más del 70 % del sector opera en la informalidad.
Detrás de ese porcentaje existe una inmensa red de talleres caseros que producen, entregan y sobreviven sin aparecer en los mapas oficiales de la economía. La invisibilidad, en este caso, no es accidental. Hace parte del funcionamiento mismo del sistema.
Dentro de esa dinámica, nadie parece cargar completamente con el peso de las condiciones laborales. Freddy insiste en que muchos talleres terminan desvalorizando su propio trabajo “con tal de tener producción”. No habla de imposiciones directas, sino de acuerdos marcados por la necesidad. “Nunca creo que sea obligado a ningún taller… sino que es una negociación”, explica. Sin embargo, en ese margen de libertad, la supervivencia suele pesar más que la dignidad.
En medio de la discusión, el lenguaje también construye realidades. Por eso, Freddy propone dejar de hablar de “operarios” y empezar a hablar de “creadores de marca”. La intención, según explica, es resignificar el rol de quienes participan en la cadena de producción: “un creador de marca es quien ensambla un producto… quien hace parte de todo este proceso creativo”. No se trata solo de semántica, sino de un intento por transformar la percepción social de un trabajo históricamente subvalorado.
Pero la estructura del sector no se limita a talleres y fábricas. Entre la producción y el consumidor aparecen otros actores que redistribuyen las ganancias. Freddy lo señala sin rodeos: “Muchas veces… es el distribuidor quien se está quedando con ese negocio”. En esa cadena, el productor asume el riesgo, el taller ejecuta el trabajo y quien comercializa concentra gran parte del beneficio.
La desigualdad se profundiza aún más en un contexto global marcado por plataformas digitales e importaciones masivas de prendas. Freddy menciona conceptos como “consumo masivo e irresponsable” para explicar cómo la presión por competir en precios termina afectando no solo a la industria, sino también al tejido social. La alternativa, asegura, es diferenciarse, aunque eso tampoco garantiza estabilidad a largo plazo.