En Cúcuta, la maquila y el sector textil no son solo una dinámica económica, son también la huella visible que deja un proceso social e histórico mucho más profundo de lo cotidianamente relatado; detrás de vitrinas y calles transitadas, los talleres satélite (mayormente ocultos tras paredes en el centro de la ciudad) terminan sosteniendo en silencio una parte esencial de su funcionamiento, aunque rara vez ocupen un lugar en las conversaciones sociales.

Hablar de estos talleres es entrar a hogares donde el sonido de una máquina reemplaza el silencio. Donde la sala deja de ser sala y se convierte en espacio de trabajo; Dentro de casas convertidas en talleres por necesidad, entre hilos, máquinas y jornadas que no siempre terminan cuando cae la noche. Allí, el tiempo ya no se mide en horas, sino en prendas terminadas, en entregas urgentes, en la necesidad constante de no detenerse. En esta ciudad, siempre hay alguien cosiendo.

La industria textil no solo construye ropa, sino más bien construye historias de esfuerzo, adaptación y resistencia. Cúcuta, más que vestirse, se está cosiendo a sí misma, puntada a puntada, intentando mantenerse unida en medio de sus propias tensiones.

La primera puntada no se ve. Queda por dentro, sosteniendo todo sin ser nombrada; esa es, quizás, la mejor manera de entrar en la llama “ciudad maquila”, no siendo solo una etiqueta, sino un territorio donde la producción se fragmenta, se oculta y se reparte entre talleres satélite, pequeñas unidades productivas y espacios domésticos que terminan convirtiéndose en fábricas silenciosas. En Cúcuta, hablar de confección es hablar de esfuerzo, de supervivencia y de una economía que se mueve con la urgencia del pedido, la presión del precio y la necesidad de seguir cosiendo.


La voz de Freddy vargas; El costo de llamarse maquila


En medio de todo este panorama aparece Freddy Vargas, presidente de Corpomoda; aparece con una advertencia algo incómoda: convertir a Cúcuta en una verdadera ciudad maquila puede al principio atraer empleo, pero también serios riesgos para la industria local. La mirada de Freddy no niega la existencia del modelo, sino que lo hace un problema; según su pensamiento, entre más marcas grandes y externas entran al territorio, la balanza puede terminar inclinándose a favor de las empresas con mayor poder económico y dejando en desventaja a emprendimientos locales nacientes en la ciudad. La maquila aquí no sería únicamente símbolo de orgullo, sino también una puesta abierta a una nueva dependencia.

Freddy también nos expone la magnitud del fenómeno con una cifra que deja ver la dimensión oculta del sector: alrededor de 12.000 unidades productivas frente a unas 2.500 empresas registradas, lo que inevitablemente implicaría que más del 70 % del sector opera en la informalidad. Detrás de ese porcentaje hay una red inmensa de talleres caseros que producen, entregan, sobreviven y, en muchos casos, no aparecen en los mapas oficiales de la economía. La invisibilidad, en este caso, no es accidental, es parte esencial del funcionamiento del sistema.

En el sistema textil, nadie parece cargar completamente con el peso, Freddy insiste muchos de los talleres terminan desmeritando su propio trabajo, “ellos mismos se encargan… de darle poco valor a lo que se hace con tal de tener producción”. No hay una imposición explícita, sino acuerdos abiertos entre las partes. “Nunca creo que sea obligado a ningún taller… sino que es una negociación”. Pese a esto, en ese margen de libertad, la necesidad suele inclinar la balanza hacia un lado. la supervivencia suele pesar más que la dignidad.

En medio de la discusión el lenguaje es un factor importante que crea sentido y realidad simbólica, Freddy propone dejar de hablar de “operarios” y empezar a hablar de “creadores de marca”; La intención que le tiene con esto es resignificar el rol de quienes participan en la cadena, “un creador de marca es quien ensambla un producto… quien hace parte de todo este proceso creativo”, explica Freddy; Esto claramente no es solo una cuestión de semántica, es un genuino intento por reestructurar la percepción social por un trabajo que históricamente ha sido sobrevalorado.

Pero la estructura del sector no se limita únicamente a los talleres y las fábricas, en medio de la producción y el consumidor hay otros actores que reconfiguran las ganancias. Freddy los señala sin rodeos: “Muchas veces… es el distribuidor que se está quedando con ese negocio”. En este punto, la cadena se alarga y vemos cómo en ese recorrido el valor se divide de manera desigual: es el productor quien se arriesga, el taller ejecuta, pero quien comercializa concentra buena parte del beneficio.

Esta desigualdad se termina profundizando aún más en un contexto global, con las plataformas digitales y la importación masiva de prendas, esto cambia constantemente el panorama. Freddy menciona conceptos claves en este punto “consumo masivo y irresponsable” estos conceptos responden a que no solo la industria sino también el propio tejido social tiene la necesidad de competir en precios, lo cual termina siendo inviable, la verdadera alternativa es diferenciarse de los demás, pero esto no garantiza viabilidad a largo plazo.

En Cúcuta, lo que consumimos, como la ropa, las tendencias o la “moda”, está desconectado de cómo se produce. La ropa es un producto cultural que oculta su origen; una prenda no es solo tela, sino que es también significación de estatus, identidad, moda y pertenencia. Este significado está cuidadosamente establecido para que el consumidor no piense en todo el proceso que hay detrás, como: “¿Quién cosió la tela?”, “¿Qué condiciones hay en el taller?” o “¿Cuánto le costará al vendedor producir la prenda?”. El sistema termina funcionando mejor cuando esa conexión se rompe; los talleres quedan fuera del relato cultural, su visibilidad afectaría directamente al consumo; no le conviene al sistema que el consumidor esté enterado de las condiciones para la producción de las prendas. Esto produce un terrible desconocimiento del estilo de vida y pagos que tienen las personas que las producen y sus diferencias con quienes las venden.


En este panorama aparece la formalización; es una meta más compleja que no depende únicamente de las políticas del Estado o las empresas. Hay factores sociales que Freddy menciona; muchas veces las personas no quieren desplazarse hasta una fábrica; otras prefieren no formalizarse para no perder subsidios. No es una falla del sistema, sino una adaptación a él.


María Victoria Palencia: producir, competir y sobrevivir


La mirada cambia cuando se entra a un taller que no solo maquila, sino que también intenta sobrevivir como marca propia. Aquí en este contexto aparece Victoria Palencia, artesana y empresaria colombo-venezolana, quien llegó a Cúcuta hace más de nueve años y tuvo que empezar desde cero, no en la industria textil, sino en la necesidad. “Tenía una carrera, pero acá no era nadie”, nos cuenta ella, recordando un proceso de superación donde tuvo que pasar por distintos trabajos hasta volver al único conocimiento que le pertenecía y apasionaba, tejer.


Así, su entrada al mundo textil no fue algo planeado, fue progresivo. A través del voz a voz y de pequeñas ventas tanto en plataformas digitales como en la calle, fue entendiendo que detrás de cada prenda hay toda una estructura que es mucho más compleja de lo que parece. “Es algo sumamente impresionante todo lo que hay detrás de una fábrica de confección”, dice recordando con nostalgia esos días. Este momento marcó un paso en la intuición a la conciencia del sistema, algo sumamente importante porque pasó de no estar tan enterada de este mundo a ser partícipe de él.


Desde esta experiencia define el taller satélite sin dudar: es un tercero que fabrica para distintas marcas. La ventaja es muy clara: trabajar con varios clientes, pero la desventaja pesa más: los costos. Sobre este punto, su discurso se toma más técnico y formal; mientras en su producción artesanal el costo puede representar el 45% de la prenda, en talleres tradicionales puede bajar incluso al 15% o menos, lo que termina generando una desventaja directa a la hora de competir de una manera formal.

Allí aparece una de las tensiones más fuertes y vitales del sistema, la imposibilidad de sostener condiciones completas sin alterar radicalmente los precios. Victoria lo explica en términos concretos: un empleado formal no cuesta solo el salario mínimo, sino que también viene con muchas más cargas legales. “Al vender con todas las prestaciones legales, el precio por prenda se dispara”, señala Victoria, poniendo en evidencia una barrera estructural más que una simple desocupación laboral; no es que los ejecutivos quieran explotar personas todo el tiempo, muchas veces no alcanzan las prestaciones para cumplir con todas las condiciones legales.


Esa lógica no es local, es global; las grandes marcas utilizan este modelo porque reduce los costos de producción y maximiza los de ventas. Desde afuera puede verse como eficiencia; adentro se traduce en una transferencia de responsabilidades hacia los talleres; son ellos quienes tienen que asumir toda la reducción de gastos, sumado al constante movimiento y la necesidad de entregar cada vez más rápido. En este sentido, las empresas ponen cada vez más presión y pagan menos, pese a que las personas cumplan.


Pero la normalización de este modelo también tiene sus raíces profundas. En Cúcuta, según la experiencia de Victoria, la producción llega desde otras partes del país buscando manos de obra más baratas, con pagos de 1.500k por pantalón y 3.000 por un conjunto completo. Con este modelo de negocio es muy difícil subsistir; es casi inviable sostener un estándar de trabajo digno sin salir del mercado.


Aún así, su posición no termina por ser unilateral, desde su experiencia como marca propia, reconoce que el problema no se reduce a un simple “quién gana más”. Mantener una marca implica asumir costos que muchas veces no se ven o no se les da atención: arriendos altos, equipos de marketing, posicionamiento y estrategias. “No es tan simple comprar en 50 y vender en 100”, dice Victoria, hablándonos desde la voz de la experiencia.


Esa dinámica doble de ser taller y marca, la obliga a tener que moverse en una línea compleja, mantener precios justos, innovar constantemente, y no replicar lo que produce para otros, esto es en sus palabras, un ejercicio constante de mantener un constante equilibrio entre sobrevivir, crecer y no desaparecer en un sistema que ella misma reconoce, difícilmente logrará algún día poder cambiar las estructuras y reglas económicas más profundas.